sábado, 19 de junio de 2021

Duro camino a duro

(texto escrito en 2017, todo no ha cambiado tanto)


I feel mysterious today

Everything is humming loudly

I feel mysterious today

Everyone is coming this way

Wire

 

Madrugada del jueves 9 al viernes 10 de marzo de 2017. Josep Pedrerol invoca a Alfredo Duro, que se encuentra en las catacumbas del estudio televisivo, y le pide que venga al plató, frente a los focos. Una cámara le acompaña en su travesía por los pasillos inacabados, pendientes de ser reutilizados y convertirse en espacio televisivo útil –están mal pintados, las paredes son precarias, plagadas de contrachapados, etcétera–.

Es algo que ya hemos visto en el programa, por ellos viene danzando Pipi Estrada a ritmo de Raphael cuando la noche ya no da más de sí, y bien sabe el propio Pipi que hace tiempo que en la telerrealidad el rincón de los focos ha perdido su privilegio, que vemos a las personas transitar por los sombríos lugares tras las cámaras.



En Telecinco (o Mediaset), la cadena (o grupo) más inventiva en cuanto a contenidos de telerrealidad se refiere, este espacio ha sido reservado para ‘lo real’. Cuando los protagonistas se salen de su sitio y se ocultan donde la televisión es un trabajo –donde están los cables, los operadores y los técnicos–, lo hacen para poder salirse de su personaje público y de la presión de la cámara. No obstante, seguirán siendo emitidos en nuestras pantallas.

El efecto es paradójico, al afirmarnos un realismo mayor en esos momentos, concluimos que lo otro, en el fondo, es ficticio; pero somos incapaces de distinguir, más que por el lugar, dónde empieza la persona o acaba el personaje.

En Mujeres y hombres y viceversa (Telecinco), las discusiones y las confesiones más sinceras     –las menos histriónicas–, se dan apartadas de los focos, entre platós, registradas por una única cámara distante. Es el espacio del secreto, de lo íntimo, de lo que no quiere ser compartido más que con una persona, y la manera furtiva en la que se nos presenta refuerza esta impresión.

Y, en ese mismo sentido, en Sálvame (Telecinco), cuando Pedro Sánchez llamó a Jorge Javier Vázquez a su teléfono personal1, éste se refugió donde los técnicos para poder escucharle mejor. Y, aunque el presentador se esforzara por transmitir a la audiencia lo que el señor Sánchez quiso confiarle, inconscientemente (o no tanto) se marcha de los focos para una mayor privacidad. Y quizás por ello nos lo creemos, no tenemos ninguna prueba de que quien está al otro lado del teléfono sea el Secretario General del PSOE, lo nuestro es un acto de fe promovido por esa particular puesta en escena.

Es decir, la forma de desarrollarse los acontecimientos facilita nuestra comprensión de los mismos, nos dice cómo debemos acercarnos a ello. Dentro de su artificio, estamos ante un estilo que podríamos considerar como transparente, pues lo que prima es el contenido. Todo lo que se muestra permite avanzar el relato. Incluso cuando se trata de una interrupción.

Por ejemplo, ese otro motivo audiovisual heredado de la MTV y convertido en cliché en la actualidad: el comentario de los participantes. En First Dates (Cuatro), es necesario que el espectador acepte la trampa para así poder disfrutar del programa. De modo que, pese a que se nos diga que lo que vemos es real, sabemos que estamos ante una ficción de realidad y que sin ella, seguramente, no reconoceríamos un relato.

Las citas, si prestamos atención, están remontadas por completo, basta con fijarse en lo que están comiendo a cada instante (comentarios que se realizan durante el postre aparecen antes que otros que han realizado en los entrantes). No hay raccord en beneficio no ya del espectáculo, que, por supuesto, es fundamental en cada uno de estos programas, sino de un mejor entendimiento de lo que va a suceder.

El montaje selecciona los fragmentos que serán decisivos para el devenir de la cita. Y, a su vez, éstos son masticados por los protagonistas de la acción, que fingen comentarlos en presente, aunque lo hagan desde otro lugar e, indudablemente, una vez ha terminado la cita. Sin embargo, pactan con nosotros que, si se lo permitimos, no nos desvelarán lo que está por llegar, simplemente completarán esas imágenes que registra en bruto la cámara.

Por tanto, todas estas licencias que se conceden los programas no son arbitrarias o gratuitas, sino que son necesidades del propio formato. La situación que funciona como punto de partida ha de ser convertida en ejercicio televisivo ­–un duración concreta (por móvil que pueda ser), una franja horaria que determina el tipo de espectadores y una competencia por captar su atención–. Y, por eso, surgen y se destilan narrativas.

Esa tensión entre ambos espacios –dentro de plató y fuera de plató, ficción y realidad– es según la cual se articula el relato. De alguna manera, el entramado formal que oculta la ficción es revelado al ser contrapuesto con ese otro lugar alejado de los focos y, a la vez, ese enfrentamiento es el que permite al programa recuperar su posibilidad de realismo. Cada historia es una manera de acercarse a la huidiza realidad y, de tal modo, la ficción lo que busca es profundizar en aquello que la provoca. Y al evidenciar sus contradicciones, al negar el naturalismo, hemos de admitir que se nos ofrece una imagen más completa (y compleja) de lo que se nos muestra. Todo lo que hay de falso guarda algo de verdadero.

En Supervivientes (Telecinco) o Gran Hermano (Telecinco), tanto concursantes como comentaristas/presentadores no dejan de aludir a la ‘estrategia’ de cada participante. Ese es uno de los principios básicos de la consolidación de la telerrealidad: ya no se refugia en la excusa del estudio sociológico ni de la no intervención; al contrario, no tiene miedo a que se descubran sus artificios, se ha asumido que las historias son ineludibles, que lo interesante no son los comportamientos reales e inconscientes de las personas (que son inviolables), sino los que realizan ante una cámara, sabiéndose observados por los televidentes. Lo atractivo es cómo se exponen esas personas a su personaje público, cómo quieren ser narrados y cómo son finalmente narrados.

Eso en el modelo de Mediaset, del que se ha visto nutrida la presunta no ficción española. Volvamos ahora a esa madrugada del jueves 9 al viernes 10 de marzo. Duro no era reclamado por Pedrerol como una noche cualquiera, su presencia ese día era especialmente deseada. Para entenderlo debemos remontarnos a la madrugada del martes 14 al miércoles 15 de febrero de 2017. La noche del martes, entre las 20:45 y las 22:30, aproximadamente, hubo un partido de fútbol de la Champions League, que enfrentó al Paris Saint-Germain (PSG) y al FC Barcelona (Barça). El PSG ganó 4-0. Y aunque quedaba el partido de vuelta en Barcelona, éste parecía un mero trámite, la eliminatoria estaba cerrada.

De 22:30 a 00:00, en Mega, se analiza y se muestra el resumen de este partido y del Benfica contra el Borussia Dortmund, jugado el mismo día, en un espacio denominado Champions Total (Mega), también presentado por Josep Pedrerol.

Sobre las 00:00, aprovechando una pausa publicitaria, Pedrerol se cambia de plató y da comienzo El Chiringuito de Jugones (Mega), sin que quede apenas nada que decir o analizar de los partidos y teniendo casi 3 horas por delante. Esa es una de las primeras diferencias con el modelo de Mediaset: la realidad hace tiempo que fue consumida, no se puede profundizar más en ella. Y si en Mediaset era punto de partida y de llegada (hay un desarrollo bien marcado desde el inicio), en El Chiringuito de Jugones simplemente pondrá en marcha el relato y lo hará en pasado. Siempre reducida a un pretexto.

Esa noche, Pedrerol anuncia que más tarde aparecerá Pipi Estrada, pero eso no aclara nada, al revés, lo vuelve más impredecible. Eso es todo lo que sabemos: las personas (la ‘alineación’ como dice Pedrerol) que intervendrán y lo que ha pasado, que deja de importarnos. Alguna vez se nos adelanta que habrá algún acontecimiento, generalmente reducido a juegos o actividades autorreferenciales (una votación, una predicción, un debate, etc. que lo único que nos aportará es conocer mejor a cada uno de los tertulianos; otras veces se hará un sorteo a imitación de los que realiza la FIFA para designar los cruces de Champions League o similar), otras veces será ligeramente más serio, como hacer que algún árbitro determine si tal o cual acción polémica estuvo bien arbitrada o no. Y decimos ligeramente más serio porque la selección de árbitros encargados de esta tarea no destaca por su profesionalidad, sino que su repercusión mediática proviene, precisamente, de haber protagonizado algún esperpento sin duda recordado por los aficionado al fútbol. El más reclamado ahora mismo es Rafa Guerrero, incapaz de hacernos olvidar ese estribillo que le hizo famoso y le acompañará el resto de su vida: «Rafa, no me jodas.». Así es conocido, aunque técnicamente fuera: «Vaya, joder Rafa, me cago en mi madre… y, ¿expulsión de quién?».


En ese sentido, para desarrollarse como lo hace, El Chiringuito de Jugones necesita dos cosas. Primero, es fundamental una ‘alineación’ extremadamente polarizada, que promueva los enfrentamientos, de madridistas y antimadridistas (con predilección por el Barça, salvo por la presencia de un sevillista, Cristóbal Soria, con ramalazo ‘culé’, eso sí, y un par de ‘colchoneros’,  José Antonio Martín ‘Petón’, que cada año canta orgulloso el ‘Cara al Sol’ en el homenaje a los Caídos de la División Azul, y el entrañable inane de José Damián), con Pedrerol en medio, que pese ‘culé’ nunca se posiciona en el bando antimadridista. Segundo, dentro de esa escisión sólo sobreviven los que, como ‘Rafa, no me jodas’, arrastran o podrán arrastrar algo que les reconozca. En el primer grupo, los que arrastran del pasado, además de Rafa, encontramos a Álvaro Benito, cantante de Pignoise; Óscar Pereiro, ciclista ganador del Tour de Francia por la descalificación por dopaje de su contrincante en la penúltima etapa; José María Gutiérrez ‘Guti’, de los futbolistas con más ‘historias’ fuera de los terrenos de juego; o Eduardo Inda, que, más allá de su actual protagonismo en el panorama político, fue director de Marca y en el programa no deja de jactarse de ser el artífice de la portada: ‘Estás despedido, Manolo’, o de cuando Mourinho, entonces entrenador del Real Madrid, pronunció la frase: «Sólo con Inda.». En el segundo grupo, el más interesante, los que se han terminado de crear con Pedrerol, están personajes (pues han elaborado sus rasgos distintivos a partir de la repetición de gestos y muecas) como Cristóbal Soria, ‘Loco’ Gatti, François Gallardo, Tomás Roncero, Frédéric Hermel o Alfredo Duro. Continuamente en la cuerda floja, obligados a explotar aquello que les funciona con cuidado de no agotarlo, repitiéndose y renovándose.



(minuto 9' 12'')

Y, antes de regresar a Duro, de empezar con él, pues no hacemos más que retrasar sus apariciones, deberíamos detenernos en François Gallardo, el primer personaje de un programa de Pedrerol en llevar al límite su ficción. Obviamente no es la primera persona estrafalaria de la farándula televisiva española, hay una larga tradición, aunque, quizás, no fue hasta el caso de Belén Esteban que estas personas tuvieron una voz propia, que pasaron a ser algo más que una atracción de feria. El Loco de la colina (TVE) y Jesús Quintero colaboraron asimismo por dejar atrás ese trato vejatorio al que se habían visto sometidos y pronto, una vez les dejamos hablar, empezamos a sentirnos fascinados por aquello que nos querían contar. Empezaron a formar parte del programa, dejaron de ser un contenido al que recurrir, al que señalar. En ese sentido, en El Chiringuito de Jugones, todos son escuchados por igual, los contertulios se toman en serio, se ríen y se enfadan juntos de sus propios personajes, se los creen. Ese es el caso de François Gallardo, un agente FIFA surgido de la nada que se encargaba de adelantar, en exclusiva, lo que sucedía en el mercado de fichajes. Siempre o casi siempre fallaba, sus aciertos se pueden contar con los dedos de una mano, pese a que mantuviera ser poseedor de información privilegiada. Aun así se le escuchaba con suma atención y, a veces, sus compañeros le daban la razón, admitían compartir las mismas pistas.

Lo particular de François –ya nos hemos acostumbrado a que la prensa deportiva yerre de manera sistemática– era su forma de expresarse. A su apariencia física (su pelo y sus gafas, sobre todo) había que añadir la coreografía que habían ideado para dilatar su tiempo en antena (era el único tertuliano que no participaba de los debates, que iba únicamente a hablar de lo suyo). Por un lado, sus gestos: cómo se reajustaba las gafas y bebía de su taza para retardar su respuesta. Por otro, sus expresiones: el adjetivo ‘top’ no se le caía de la boca. Y, por último, su coletilla de todos los días, acompañada por un movimiento con el que señalaba a cámara mientras decía: «Y si no, desmiéntemelo.».

Eso en lo que a él se refiere, porque el propio Pedrerol también era parte del juego, sabía hacer que la información saliera muy poco a poco, generando suspense a través de sus preguntas y promoviendo que espectadores y tertulianos trataran de adivinar de quién se iba a tratar esta vez.

Y, a su vez, la realización, por su parte, contribuía a definir al personaje: una melodía característica, un efecto sonoro y un golpe de zoom a sus tajantes respuestas y, con el tiempo, una coordinación total en el momento del ‘y si no, desmiéntemelo’, acercándose en el ‘y si no’ y cambiando el foco al dedo en el ‘desmiéntemelo’.

El personaje era redondo, su problema fue que nunca se supo incorporarle nuevos matices, nunca se renovó. Lo que llevó a que terminara por consumirse y fuera inevitable su marcha del programa.

Recientemente ha vuelto a estar de actualidad, hemos sabido que estaba pendiente de juicio por múltiples delitos. La investigación ha sacado a la luz, y no resulta sorprendente, que nunca fue agente FIFA como decía2.

Ahora sí. La madrugada del martes 14 al miércoles 15 de febrero, tras la abultada derrota del Barça, aproximadamente a la 1:30 de la madrugada, Duro advierte que ha faltado algo en el programa. Piensa en lo que pasó en RAC 1 en el partido en el que el Real Madrid fue eliminado de la Copa del Rey ese mismo año; cuando el locutor, al marcar el Celta de Vigo, estallando de felicidad, gritó: «El Madrid al carrer.»3. Y en ese momento, Duro, con ansias de venganza, no aguanta más y empieza a elaborar una reinterpretación de la reacción del locutor de RAC 1, Damià López. Sin embargo, no lo hará de forma, digamos, humana, sino que, en lugar de salirse del programa e interpelar directamente a Damià, su protesta pasa por lo autorreferencial, reclamando que los mismos efectos sonoros que se ponen en el programa cuando pierde el Madrid se pongan contra el Barça, de modo que a lo que imita no es al locutor, sino a los sonidos que se lanzan durante el programa. Imita a una máquina y con ello se queja al ‘sampler’, Eduardo del Val (por cierto, su archivo sonoro está plagado de frases de Duro y demás contertulios), de no pinchar sonidos que se mofen de la derrota del Barça.


Por tanto, lo que tenemos aquí es a un hombre convirtiéndose en uno de los recursos formales del programa. En este punto parece haberse llegado al límite del personaje, es decir, el punto más alejado de la persona, el más alienado.

En un programa de Punto Pelota, se enfrentó a Duro con el remontaje que de unas declaraciones suyas había realizado un usuario de internet. Era un montaje convencional, que a través de la alteración del orden y la repetición de instantes, así como la inclusión de una base musical, se transformaba la intervención de Duro en una canción de rap. Y como es habitual en los programas de Pedrerol lo interesante no era el vídeo mostrado, en general se da ya por visto, se reconoce sin temor que llegan tarde a la noticia (salvo cuando es una ficción de las suyas), sino las consecuencias de emitirlo: ver cuál será la reacción de Duro ante sí mismo.


(la confrontación de Duro con su propio vídeo ha sido eliminada y no se puede recuperar)

Cuando observamos esta escena, tratando de desentrañar que está pasando por la cabeza de Duro, pensamos que está lógicamente afectado por cómo ha sido ridiculizado o, más bien, por cómo ha sido utilizado; pese a que aguante estoicamente el vídeo, con alguna pequeña sonrisa de vez en cuando. Lo que no sabíamos es que su respuesta a ese momento iba a ser la de acercarse progresivamente a ese personaje del remontaje, produciendo cada vez con más frecuencia escenas marcadas por la enajenación. Hasta el punto de, esa madrugada del martes 14 al miércoles 15 de febrero, querer ser una mesa de mezclas animada, que no dista del rap en el que se vio convertido.

Y, como era de esperar, ese fragmento, en el que grita mecánica y frenéticamente ‘al carrer’ y ‘oh là là’ (entre otras cosas), adquirió cierta repercusión mediática, especialmente en las redes sociales, y obtuvo sus respectivas parodias y alusiones en otros programas televisivos. Lo que permitió que se mantuviera vivo a lo largo de varias semanas, como un fenómeno viral más.

No obstante, la narración podría haber acabado ahí, diluyéndose por haber sido citada hasta la extenuación, como sucedió con François Gallardo. Pero Duro no es François, no es (en el programa, se entiende) un personaje acabado, sino que está en construcción. Y, por ello, aunque acumule situaciones en las que sale fuera de sí, que fue su primer rasgo distintivo, estas no surgen de la nada, sino como reacción a algo. Hay determinados acontecimientos fuera de El Chiringuito de Jugones que pueden provocar que su personaje emerja, que asistamos a un nuevo paso en su historia.

Con François sabíamos que cada jueves (que era el día que le tenían reservado) íbamos a poder verle realizar su show, como si nada hubiera pasado entre medias. Con Duro, por el contrario, podemos intuir cómo va a reaccionar un día concreto (su asistencia en el programa es más habitual, pese a no estar determinada), lo que no podemos es asegurarlo. La expectación que se genera es muy distinta, incluso sabiendo que algo va a pasar (porque ha perdido o ganado tal o cual equipo o porque ha habido alguna decisión arbitral polémica), nunca podremos adivinar cómo se desarrollaran los hechos, ¿qué hará Duro esta vez? El tiempo ha pasado y la situación ha cambiado irremediablemente, sin que ninguno de los personajes del programa interviniera de forma directa. Entre programas, fuera de él, suceden cosas; era necesario que la narración supiera integrarse en ellas y que dejara de encerrarse en su mundo.

El miércoles 8 de marzo de 2017, sobre las 22:40, en la ciudad de Barcelona, se registró un temblor. Éste había sido provocado por el salto simultáneo de las casi 100.000 personas que se encontraban en ese momento en el Camp Nou, el Barça acababa de marcar, en el último minuto de partido (contando los 5 de añadido), el gol que les permitiría pasar a cuartos de final de la Champions League. Habían ganado 6-1, remontando así el 4-0 del partido de ida.

Y, pasada la euforia inicial, pronto los aficionados culés (y los seguidores de El Chiringuito de jugones) empezaron a acordarse de Alfredo Duro y de su ‘al carrer’, de su venganza pasada por agua; porque todo lo que pueda ser utilizado como arma arrojadiza contra el equipo rival corre como la pólvora entre los aficionados al fútbol. Y, en este caso, se sabía, además, que iba a haber una respuesta.

Esa madrugada, Pedrerol no convocaría a Duro. Una decisión lógica por dos motivos: primero, podría haber sido eclipsado por el partido (o al revés, la cuestión era no gastar en un solo programa dos tramas autosuficientes); segundo, así habría tiempo para preparar una contestación a la altura de las circunstancias.

La madrugada del jueves 9 al viernes 10 de marzo, sí estará. Al ir a llamarlo, Pedrerol introduce a Duro de la siguiente manera:

— Alfredo Duro hizo famosa esa frase de ‘al carrer’ después de que el Barça encajara cuatro goles en la ida.

Inconscientemente, con esa oración, borra al verdadero referente, al locutor de RAC1 a quien Duro arrebató la expresión a modo de revancha. Lo cual, por otro lado, explica de forma muy simple la relación que se establece con el exterior en el programa, únicamente aparece cuando es interpretado o reinterpretado. El fútbol pasa a un segundo término; es pretexto (marca las direcciones que tomará la narración ese día, marca los estados de ánimo) y contexto (es un tejido referencial al que se alude, los nombres que surgen, las dinámicas, los tecnicismos, etc., para seguir sin dificultad la trama es necesario estar familiarizado y, hasta cierto punto, al día con el lenguaje). Lo que no hace es producir historias, éstas proceden de los personajes y de su distorsionado acercamiento a la actualidad deportiva. Cuanto más se distancian del fútbol, más se acercan a elaborar un programa televisivo, que ha dejado de ajustarse a la etiqueta de no-ficción.

De no ser así, la entrada ese día de Duro sería incomprensible. A diferencia del resto de ocasiones, no entró a la par que sus compañeros (Laura Gadea, Paco García Caridad, Quim Domènech, Rafa Almansa, Óscar Pereiro y Manu Sainz, un plantel que, a excepción de Quim y Pedrerol –encargados de la provocación–, no restaría protagonismo a Duro), sino que se esperaría a hacerlo solo, se reservaría ese privilegio. Él era la noticia, la trama y el actor principal de su propia historia.

En esos pasillos entre platós, empezamos viendo sus pies. Se trata de una manera de retrasar un poco más la aparición de Duro, de acrecentar el suspense; y, también, de una declaración de intenciones, vamos a ir de abajo a arriba, de la persona al personaje, lentamente.

Mientras se dirige a plató, acompañado por una cámara que ha subido hasta el cuello, va realizando pequeños gestos chulescos, se rasca la barba y enseña su camiseta donde se puede leer claramente ‘París’. Se mira la mano, que luego será fundamental en su espectáculo. Todo ello con una música acorde al momento y que se prolongará durante el resto de su intervención.

Al entrar en el plató, con los focos, saluda chocándole el puño a Laura Gadea y se dirige a su asiento.

— Las ganas que tiene la gente de verte… — dice Pedrerol — Alfredo, buenas noches, ¿cómo estás?

Ya sentado suelta un indiferente ‘¿qué tal?’ y la cámara se eleva descubriendo su rostro. En la pantalla aparece un rótulo que porta la frase: «Duro da la cara». Y tras 40 segundos en silencio en los que el realizador, Carlos Pecker, decide sostener su primer plano, el rótulo cambia a un: «Duro guarda silencio» y encima de ese primer plano se sobreimpresiona otro de la cara de Duro, que gesticula moviendo la lengua con la intención de evidenciar su enfado y su impotencia.

Hay dos Duros en imagen, pero están difuminados, aún no están del todo separados. Todavía no se ha impuesto el personaje. Está siendo construido ante nuestros ojos, estamos contemplando cómo Duro sale de sí, y lo hace como pura forma. Es entonces cuando empieza su soliloquio:

— Ovrebo, De Bleeckere, Busacca, Frisk, Stark — todos ellos arbitraron al Barça en algún partido polémico de Champions League —, dices: se acabó, se ha acabado, seguro, ya… Joder, se ha acabado… se ha acabado… vuelve a empezar, macho. Aytekin — árbitro del 6-1 —. ¿Quién coño es Aytekin? No lo sabe nadie quién era el tal Aytekin este. Otra vez, macho — en este instante la sobreimpresión desaparece, quedando el primer plano —, otra vez, otra vez… Otra vez.

Otra vez. Otra vez el Barça se ha beneficiado de los favores arbitrales, lo que da pie a mantener viva la teoría del complot. Otra vez hay que empezar desde el principio, lo anterior ya no sirve. Otra vez Duro ha entrado en trance.

«Ha pasado otra vez.», dice Phil (Bradley Cooper) a Tracy (Sasha Barrese) al inicio de The Hangover Part II (Todd Phillips, 2011). Ese arranque tenía algo de profético. Y no simplemente porque tras él se pusieran de moda los revival, sino por la estructura que produce, por lo que implica. Cuando Phil dice eso, pese a alguna reticencia, comprendemos que vamos a ver la misma película, vamos a volver a ver The Hangover (Todd Phillips, 2009). Y así es, misma trama, misma resolución, misma manera de organizarla, mismos títulos de crédito y cameos, etc.

Obviamente, ambas son distintas. Lo que sucede es que hay una suspensión de la capacidad sorpresiva del artefacto. No tiene nada que ver con François, que, aunque siempre repitiera su particular coreografía, se reservaba un nuevo nombre bajo la manga, ese era su interés: con quién nos saldría esta vez.

No, eso no es lo que pasa en The Hangover Part II, es su interior el que es alterado (lo que habría sería pequeñas variaciones en la coreografía), como si lo que se pretendiera fuera arreglar/mejorar la primera versión. Y ahí es donde se emparenta con Duro, cada vez que él sale fuera de sí, que se impone su personaje, la realización trabaja por seguir depurándolo. Esa es la virtud de mantenerse continuamente por hacer, de no haberse quedado estancado en alguno de esos tics que un día le funcionaron, que siempre hay algo que pulir.

Y ese es uno de los grandes aciertos de El Chiringuito de Jugones tras la marcha de François Gallardo, el no haber permitido que ninguno de sus contertulios se acomodara, que ninguno se viera comido por su personaje. Como en el caso de Mediaset, cuando a través de redes sociales o en algún descuido durante el programa se nos deja ver a la persona, somos conscientes de lo artificioso que es lo que las cámaras nos muestran y, a la vez, esa tensión es la que hace que el personaje esté vivo, que sea real y se vea afectado por el paso del tiempo y por las circunstancias.

El propio Duro, en su perfil en twitter, se escribió como biografía: «El bajo de los Sex Pistols no era yo. Lo siento. Era Sid Vicious, pero ya no está aquí. Un tipo listo». Y más allá de que refiera a sí mismo como (no) otra persona, lo curioso es esa filiación que establece con el punk. En su personaje hay la misma performatividad que los grupos punk hacían estallar en su imagen pública; en sus gritos, los de ambos, hay algo que se rompe.

El cantante de Sex Pistols, John Lydon, con su siguiente grupo, Public Image Ltd., escribe y canta: «Anger is an energy.». Y, antes de aplicárselo directamente a Duro, el verso nos lleva a una frase pronunciada en Ice (Robert Kramer, 1969), que más tarde daría lugar a un texto de Jean-Baptiste Thoret, y que ilustra mejor lo que sucede con Duro: «¿Qué vamos a hacer con toda esa energía?». En su artículo, Thoret acaba reflexionando sobre Two-Lane Blacktop (Monte Hellman, 1971) y ese último plano en el que prende el celuloide y se desintegra. La energía no canalizada había terminado por interrumpir la transparencia de la forma.

Cuando en Duro irrumpe la más profundas de las iras; cuando, como canta Wire en los versos que abren este texto, ‘se siente misterioso’, su personaje desborda la imagen. De ahí las sobreimpresiones.

Tras el último ‘otra vez’, empieza a repetir el nombre del árbitro: «Aytekin, tekin… tekin…». Y en imagen se hace un fundido a su boca y justo después, una vez se ha reencuadrado al rostro, el cámara pierde voluntariamente el foco de su cara y se desplaza hacia el vacío y, en ese instante, el realizador funde la imagen a otro plano de Duro que lentamente se va perfilando.

Empezamos a oír un pequeño ruido, unos golpecitos que se suceden. Y se nos muestra la mano de Duro jugando con el respaldo de una de las sillas.

Es un constante tira y afloja entre la abstracción (el trance de Duro) y la concreción (la vuelta a lo real, a lo material), como si a la vez que se nos intentara introducir en la cabeza de Duro, como expulsarnos de ella.

— Él dijo: ‘al carrer’… — dice Duro entre balbuceos un poco más tarde — ya para siempre, claro.

Habla de sí mismo, en tercera persona. Parece haber recordado aquello que dijo en estado de enajenación mental, fuera de sí, y de lo que ahora se arrepiente, que de pronto le hubieran llegado las consecuencias. La persona Duro reflexiona sobre el personaje Duro, en su mundo, al margen del resto, ensimismado en su soliloquio.

Al fondo Manu Sainz se ríe junto a Óscar Pereiro.

Y, de repente, la imagen se disloca en una pantalla partida: el cogote de Duro a la izquierda, su rostro de frente a la derecha. No es la primera vez que ocupa más de una posición en una pantalla partida, en la madrugada del 4 de enero al 5 de enero de 2017, llegamos a ver hasta 3 Duros en imagen. La diferencia en esta ocasión es que se han omitido los bordes, siendo la separación entre imágenes una franja difusa, lo que provoca la apariencia de que realmente Duro está hablando consigo mismo.

 



Aunque parezca una ‘boutade’ (como también podría serlo la imagen de Pedrerol entre cámaras), no es hasta que se perfecciona el uso de la doble o triple pantalla que el realizador comienza a ser determinante. Y con ello nos referimos a que empieza a ejercer como tal, a dejar su sello participando en la construcción de personajes y de formas televisivas. Es por eso que la primera etapa (Punto Pelota, sobre todo) de Pedrerol está marcada por personajes más repetitivos y austeros formalmente: François Gallardo y Jorge D’Alessandro, que con el refinamiento del programa van perdiendo fuelle. Con la excepción de Pipi Estrada, cuyo caótico personaje trascendía los límites del programa. Esto es debido a que por una ausencia de medios o a un mal reparto de las funciones de cada uno, era Pedrerol quien asumía la responsabilidad de dirigir la puesta en escena, quien decía cómo debía ser el plano y quién debía estar en él. No era raro que fuera pillado ordenando las posiciones de los contertulios o los siguientes movimientos de cámara. Esto se puede observar claramente una noche que, por dificultades técnicas, sólo tienen una cámara a su disposición; entonces, Pedrerol tomó el mando y pudimos ver cómo controlaba todos los aspectos de la realización.


Con el tiempo, en
El Chiringuito de Jugones, cada vez con más medios, Pedrerol supo dar un paso atrás y limitarse a ser un metteur en scène con su actuación, marcando los tiempos; dejando a Carlos Pecker mayor peso y libertad. Esa mejor compenetración se nota en el personaje de Duro, que al inicio no parecía poseer nada reseñable y ahora está en permanente progresión. Necesitaba que la imagen tradujera con fidelidad lo que sentía al desbordarse en directo.

Recientemente, en Sábado Deluxe (Telecinco), después de ser acusado de maltrato y de un escándalo vuelto viral, a la semana siguiente de ser entrevistado en el mismo programa, Ángel Garó decide entrevistarse a sí mismo4. A diferencia de Duro, el dialogo que mantiene Garó con Garó no es emitido en directo, sino que sufre un proceso montaje. Lo interesante es que él también está presente cuando se emite su autoentrevista. Garó viendo a Garó hablar con Garó. Y aquí sí, como cuando Duro vio el rap de Duro.

Garó, en ese momento, está separado de su ficción; Duro se ha convertido en esa ficción, por eso se descompone en directo, porque es la esencia de su personaje y no algo que decide hacer. Es inseparable de esa multiplicidad de imágenes.

La pantalla partida ha ido variando, el plano del cogote ha sido reencuadrado para así enfrentar dos perfiles. Y, de pronto, el lado derecho pierde el foco y desaparece, volviendo a ese primer plano individual de Duro, que sigue con su verborrea. El realizador lo irá alternando con planos de sus manos entrelazadas.

A los ya 6 minutos de intervención, aprovechando una pausa con suspiro de Duro, Pedrerol rompe el encanto con un sencillo:

— Alfredo

(pausa)

— Bueno — contesta Duro.

— ¿Cómo estás?

(pantalla partida: Duro a la izquierda, Pedrerol a la derecha)

Duro dirime responsabilidades y recupera la pantalla partida exclusivamente para sí, mientras asegura que no es él quien más dolido se siente, que hay personas de su círculo cercano, menos vinculadas con el mundo del fútbol, que se sienten profundamente estafadas por lo sucedido, que no pueden llegar a creerse la corrupción, que no entienden quién forma el complot que ha posibilitado lo que sucedió en Barcelona.

Pedrerol sigue interrogándole y vuelve a imagen. En un instante mira a cámara y acto seguido dice:

— Alfredo, te equivocaste.

— No, ¿en qué?

Tiene razón. Da igual que el Barça no se fuera ‘al carrer’, no es a Duro a quién le correspondía que quedaran eliminados. No, Duro no se equivocó, hizo su trabajo a la perfección. Hizo que su narrativa siguiera en movimiento. Y esa madrugada del jueves 9 al viernes 10 de marzo siguió impecable con su cometido. Después de esto, se embarcaría en una aventura bautizada como ‘Duro camino a Cardiff’, pero esa es ya otra historia.

No, Josep, no. Duro no se equivocó. Estuviste en lo cierto cuando le dijiste, la madrugada del lunes 29 de febrero al martes 1 de marzo de 2016, después de que cogiera una batuta y dirigiera una orquesta imaginaria: «Has entendido el programa, al final lo has entendido».

 

 


 

 

 Notas

El por entonces Secretario General del PSOE, recién elegido por primera vez, llamó para demostrar al presentador (muy crítico con el ‘festejo’ del Toro de la Vega) su compromiso con los derechos de los animales: http://www.telecinco.es/salvame/2014/septiembre/17-09-2014/Jorge-Javier-Vazquez-Pedro-Sanchez_0_1861650448.html 

Esta es la noticia, según palabras de Germán González en El Mundo, a 19 de mayo de 2017: http://www.elmundo.es/cataluna/2017/05/19/591f0c1ce2704e0e398b460a.html 

Obviamente, el percance fue comentado en El Chiringuito de Jugones y el audio fue pronto incorporado al archivo de efectos sonoros: https://www.youtube.com/watch?v=AA2javj5SJM 

Sábado Deluxe (Telecinco), 17 de junio de 2017: http://www.telecinco.es/salvamedeluxe/Angel-Garo-derrumba-entrevista-Dario_2_2388780111.html


 

 





Duro camino a duro

(texto escrito en 2017, todo no ha cambiado tanto) I feel mysterious today Everything is humming loudly I feel mysterious today Everyo...