(texto escrito en 2017, todo no ha cambiado tanto)
I feel mysterious today
Everything is humming loudly
I feel mysterious today
Everyone is coming this way
Wire
Madrugada del jueves 9 al viernes 10 de marzo de 2017. Josep Pedrerol invoca a Alfredo Duro, que se encuentra en las catacumbas del estudio televisivo, y le pide que venga al plató, frente a los focos. Una cámara le acompaña en su travesía por los pasillos inacabados, pendientes de ser reutilizados y convertirse en espacio televisivo útil –están mal pintados, las paredes son precarias, plagadas de contrachapados, etcétera–.
Es algo que ya hemos visto en el programa, por ellos viene danzando Pipi Estrada a ritmo de Raphael cuando la noche ya no da más de sí, y bien sabe el propio Pipi que hace tiempo que en la telerrealidad el rincón de los focos ha perdido su privilegio, que vemos a las personas transitar por los sombríos lugares tras las cámaras.
El efecto es paradójico, al afirmarnos un realismo mayor en
esos momentos, concluimos que lo otro, en el fondo, es ficticio; pero somos
incapaces de distinguir, más que por el lugar, dónde empieza la persona o acaba
el personaje.
En Mujeres y hombres y
viceversa (Telecinco), las discusiones y las confesiones más sinceras –las menos histriónicas–, se dan apartadas de
los focos, entre platós, registradas por una única cámara distante. Es el
espacio del secreto, de lo íntimo, de lo que no quiere ser compartido más que
con una persona, y la manera furtiva en la que se nos presenta refuerza esta
impresión.
Y, en ese mismo sentido, en Sálvame (Telecinco), cuando Pedro Sánchez llamó a Jorge Javier
Vázquez a su teléfono personal1, éste se refugió donde los técnicos
para poder escucharle mejor. Y, aunque el presentador se esforzara por
transmitir a la audiencia lo que el señor Sánchez quiso confiarle, inconscientemente
(o no tanto) se marcha de los focos para una mayor privacidad. Y quizás por
ello nos lo creemos, no tenemos ninguna prueba de que quien está al otro lado
del teléfono sea el Secretario General del PSOE, lo nuestro es un acto de fe
promovido por esa particular puesta en escena.
Es decir, la forma de desarrollarse los acontecimientos
facilita nuestra comprensión de los mismos, nos dice cómo debemos acercarnos a
ello. Dentro de su artificio, estamos ante un estilo que podríamos considerar
como transparente, pues lo que prima es el contenido. Todo lo que se muestra
permite avanzar el relato. Incluso cuando se trata de una interrupción.
Por ejemplo, ese otro motivo audiovisual heredado de la MTV y
convertido en cliché en la actualidad: el comentario de los participantes. En First Dates (Cuatro), es necesario que
el espectador acepte la trampa para así poder disfrutar del programa. De modo
que, pese a que se nos diga que lo que vemos es real, sabemos que estamos ante
una ficción de realidad y que sin ella, seguramente, no reconoceríamos un
relato.
Las citas, si prestamos atención, están remontadas por
completo, basta con fijarse en lo que están comiendo a cada instante (comentarios
que se realizan durante el postre aparecen antes que otros que han realizado en
los entrantes). No hay raccord en beneficio no ya del espectáculo, que, por
supuesto, es fundamental en cada uno de estos programas, sino de un mejor
entendimiento de lo que va a suceder.
El montaje selecciona los fragmentos que serán decisivos para
el devenir de la cita. Y, a su vez, éstos son masticados por los protagonistas
de la acción, que fingen comentarlos en presente, aunque lo hagan desde otro
lugar e, indudablemente, una vez ha terminado la cita. Sin embargo, pactan con
nosotros que, si se lo permitimos, no nos desvelarán lo que está por llegar,
simplemente completarán esas imágenes que registra en bruto la cámara.
Por tanto, todas estas licencias que se conceden los
programas no son arbitrarias o gratuitas, sino que son necesidades del propio
formato. La situación que funciona como punto de partida ha de ser convertida
en ejercicio televisivo –un duración concreta (por móvil que pueda ser), una
franja horaria que determina el tipo de espectadores y una competencia por
captar su atención–. Y, por eso, surgen y se destilan narrativas.
Esa tensión entre ambos espacios –dentro de plató y fuera de
plató, ficción y realidad– es según la cual se articula el relato. De alguna
manera, el entramado formal que oculta la ficción es revelado al ser
contrapuesto con ese otro lugar alejado de los focos y, a la vez, ese
enfrentamiento es el que permite al programa recuperar su posibilidad de
realismo. Cada historia es una manera de acercarse a la huidiza
realidad y, de tal modo, la ficción lo que busca es profundizar en aquello que
la provoca. Y al evidenciar sus contradicciones, al negar el naturalismo, hemos
de admitir que se nos ofrece una imagen más completa (y compleja) de lo que se
nos muestra. Todo lo que hay de falso guarda algo de verdadero.
En Supervivientes (Telecinco)
o Gran Hermano (Telecinco), tanto
concursantes como comentaristas/presentadores no dejan de aludir a la ‘estrategia’
de cada participante. Ese es uno de los principios básicos de la consolidación
de la telerrealidad: ya no se refugia en la excusa del estudio sociológico ni
de la no intervención; al contrario, no tiene miedo a que se descubran sus
artificios, se ha asumido que las historias son ineludibles, que lo interesante
no son los comportamientos reales e inconscientes de las personas (que son inviolables),
sino los que realizan ante una cámara, sabiéndose observados por los
televidentes. Lo atractivo es cómo se exponen esas personas a su personaje
público, cómo quieren ser narrados y cómo son finalmente narrados.
Eso en el modelo de Mediaset, del que se ha visto nutrida la
presunta no ficción española. Volvamos ahora a esa madrugada del jueves 9 al
viernes 10 de marzo. Duro no era reclamado por Pedrerol como una noche
cualquiera, su presencia ese día era especialmente deseada. Para entenderlo debemos
remontarnos a la madrugada del martes 14 al miércoles 15 de febrero de 2017. La
noche del martes, entre las 20:45 y las 22:30, aproximadamente, hubo un partido
de fútbol de la Champions League, que
enfrentó al Paris Saint-Germain (PSG) y al FC Barcelona (Barça). El PSG ganó
4-0. Y aunque quedaba el partido de vuelta en Barcelona, éste parecía un mero
trámite, la eliminatoria estaba cerrada.
De 22:30 a 00:00, en Mega, se analiza y se muestra el resumen
de este partido y del Benfica contra el Borussia Dortmund, jugado el mismo día,
en un espacio denominado Champions Total (Mega),
también presentado por Josep Pedrerol.
Sobre las 00:00, aprovechando una pausa publicitaria,
Pedrerol se cambia de plató y da comienzo El
Chiringuito de Jugones (Mega), sin que quede apenas nada que decir o
analizar de los partidos y teniendo casi 3 horas por delante. Esa es una de las
primeras diferencias con el modelo de Mediaset: la realidad hace tiempo que fue
consumida, no se puede profundizar más en ella. Y si en Mediaset era punto de
partida y de llegada (hay un desarrollo bien marcado desde el inicio), en El Chiringuito de Jugones simplemente
pondrá en marcha el relato y lo hará en pasado. Siempre reducida a un pretexto.
Esa noche, Pedrerol anuncia que más tarde aparecerá Pipi
Estrada, pero eso no aclara nada, al revés, lo vuelve más impredecible. Eso es
todo lo que sabemos: las personas (la ‘alineación’ como dice Pedrerol) que
intervendrán y lo que ha pasado, que deja de importarnos. Alguna vez se nos
adelanta que habrá algún acontecimiento, generalmente reducido a juegos o
actividades autorreferenciales (una votación, una predicción, un debate, etc.
que lo único que nos aportará es conocer mejor a cada uno de los tertulianos;
otras veces se hará un sorteo a imitación de los que realiza la FIFA para
designar los cruces de Champions League
o similar), otras veces será ligeramente más serio, como hacer que algún
árbitro determine si tal o cual acción polémica estuvo bien arbitrada o no. Y
decimos ligeramente más serio porque la selección de árbitros encargados de
esta tarea no destaca por su profesionalidad, sino que su repercusión mediática
proviene, precisamente, de haber protagonizado algún esperpento sin duda
recordado por los aficionado al fútbol. El más reclamado ahora mismo es Rafa
Guerrero, incapaz de hacernos olvidar ese estribillo que le hizo famoso y le
acompañará el resto de su vida: «Rafa, no me jodas.». Así es conocido, aunque
técnicamente fuera: «Vaya, joder Rafa, me cago en mi madre… y, ¿expulsión de
quién?».
En ese sentido, para desarrollarse como lo hace, El Chiringuito de Jugones necesita dos cosas. Primero, es fundamental una ‘alineación’ extremadamente polarizada, que promueva los enfrentamientos, de madridistas y antimadridistas (con predilección por el Barça, salvo por la presencia de un sevillista, Cristóbal Soria, con ramalazo ‘culé’, eso sí, y un par de ‘colchoneros’, José Antonio Martín ‘Petón’, que cada año canta orgulloso el ‘Cara al Sol’ en el homenaje a los Caídos de la División Azul, y el entrañable inane de José Damián), con Pedrerol en medio, que pese ‘culé’ nunca se posiciona en el bando antimadridista. Segundo, dentro de esa escisión sólo sobreviven los que, como ‘Rafa, no me jodas’, arrastran o podrán arrastrar algo que les reconozca. En el primer grupo, los que arrastran del pasado, además de Rafa, encontramos a Álvaro Benito, cantante de Pignoise; Óscar Pereiro, ciclista ganador del Tour de Francia por la descalificación por dopaje de su contrincante en la penúltima etapa; José María Gutiérrez ‘Guti’, de los futbolistas con más ‘historias’ fuera de los terrenos de juego; o Eduardo Inda, que, más allá de su actual protagonismo en el panorama político, fue director de Marca y en el programa no deja de jactarse de ser el artífice de la portada: ‘Estás despedido, Manolo’, o de cuando Mourinho, entonces entrenador del Real Madrid, pronunció la frase: «Sólo con Inda.». En el segundo grupo, el más interesante, los que se han terminado de crear con Pedrerol, están personajes (pues han elaborado sus rasgos distintivos a partir de la repetición de gestos y muecas) como Cristóbal Soria, ‘Loco’ Gatti, François Gallardo, Tomás Roncero, Frédéric Hermel o Alfredo Duro. Continuamente en la cuerda floja, obligados a explotar aquello que les funciona con cuidado de no agotarlo, repitiéndose y renovándose.
Y, antes de regresar a Duro, de empezar con él, pues no hacemos más que retrasar sus apariciones, deberíamos detenernos en François Gallardo, el primer personaje de un programa de Pedrerol en llevar al límite su ficción. Obviamente no es la primera persona estrafalaria de la farándula televisiva española, hay una larga tradición, aunque, quizás, no fue hasta el caso de Belén Esteban que estas personas tuvieron una voz propia, que pasaron a ser algo más que una atracción de feria. El Loco de la colina (TVE) y Jesús Quintero colaboraron asimismo por dejar atrás ese trato vejatorio al que se habían visto sometidos y pronto, una vez les dejamos hablar, empezamos a sentirnos fascinados por aquello que nos querían contar. Empezaron a formar parte del programa, dejaron de ser un contenido al que recurrir, al que señalar. En ese sentido, en El Chiringuito de Jugones, todos son escuchados por igual, los contertulios se toman en serio, se ríen y se enfadan juntos de sus propios personajes, se los creen. Ese es el caso de François Gallardo, un agente FIFA surgido de la nada que se encargaba de adelantar, en exclusiva, lo que sucedía en el mercado de fichajes. Siempre o casi siempre fallaba, sus aciertos se pueden contar con los dedos de una mano, pese a que mantuviera ser poseedor de información privilegiada. Aun así se le escuchaba con suma atención y, a veces, sus compañeros le daban la razón, admitían compartir las mismas pistas.
Lo particular de François –ya nos hemos acostumbrado a que la
prensa deportiva yerre de manera sistemática– era su forma de expresarse. A su
apariencia física (su pelo y sus gafas, sobre todo) había que añadir la
coreografía que habían ideado para dilatar su tiempo en antena (era el único
tertuliano que no participaba de los debates, que iba únicamente a hablar de lo
suyo). Por un lado, sus gestos: cómo se reajustaba las gafas y bebía de su taza
para retardar su respuesta. Por otro, sus expresiones: el adjetivo ‘top’ no se
le caía de la boca. Y, por último, su coletilla de todos los días, acompañada por
un movimiento con el que señalaba a cámara mientras decía: «Y si no,
desmiéntemelo.».
Eso en lo que a él se refiere, porque el propio Pedrerol
también era parte del juego, sabía hacer que la información saliera muy poco a
poco, generando suspense a través de sus preguntas y promoviendo que
espectadores y tertulianos trataran de adivinar de quién se iba a tratar esta
vez.
Y, a su vez, la realización, por su parte, contribuía a
definir al personaje: una melodía característica, un efecto sonoro y un golpe
de zoom a sus tajantes respuestas y, con el tiempo, una coordinación total en
el momento del ‘y si no, desmiéntemelo’, acercándose en el ‘y si no’ y
cambiando el foco al dedo en el ‘desmiéntemelo’.
El personaje era redondo, su problema fue que nunca se supo incorporarle
nuevos matices, nunca se renovó. Lo que llevó a que terminara por consumirse y
fuera inevitable su marcha del programa.
Recientemente ha vuelto a estar de actualidad, hemos sabido que estaba pendiente de juicio por múltiples delitos. La investigación ha sacado a la luz, y no resulta sorprendente, que nunca fue agente FIFA como decía2.
Ahora sí. La madrugada del martes 14 al miércoles 15 de
febrero, tras la abultada derrota del Barça, aproximadamente a la 1:30 de la
madrugada, Duro advierte que ha faltado algo en el programa. Piensa en lo que
pasó en RAC 1 en el partido en el que el Real Madrid fue eliminado de la Copa del Rey ese mismo año; cuando el
locutor, al marcar el Celta de Vigo, estallando de felicidad, gritó: «El Madrid
al carrer.»3. Y en ese momento, Duro, con ansias de venganza, no
aguanta más y empieza a elaborar una reinterpretación de la reacción del
locutor de RAC 1, Damià López. Sin embargo, no lo hará de forma,
digamos, humana, sino que, en lugar de salirse del programa e interpelar
directamente a Damià, su protesta pasa por lo autorreferencial, reclamando que
los mismos efectos sonoros que se ponen en el programa cuando pierde el Madrid
se pongan contra el Barça, de modo que a lo que imita no es al locutor, sino a
los sonidos que se lanzan durante el programa. Imita a una máquina y con ello
se queja al ‘sampler’, Eduardo del Val (por cierto, su archivo sonoro está
plagado de frases de Duro y demás contertulios), de no pinchar sonidos que se
mofen de la derrota del Barça.
En un programa de Punto
Pelota, se enfrentó a Duro con el remontaje que de unas declaraciones suyas
había realizado un usuario de internet. Era un montaje convencional, que a
través de la alteración del orden y la repetición de instantes, así como la
inclusión de una base musical, se transformaba la intervención de Duro en una
canción de rap. Y como es habitual en los programas de Pedrerol lo
interesante no era el vídeo mostrado, en general se da ya por visto, se
reconoce sin temor que llegan tarde a la noticia (salvo cuando es una ficción
de las suyas), sino las consecuencias de emitirlo: ver cuál será la reacción de
Duro ante sí mismo.
Cuando observamos esta escena, tratando de desentrañar que está pasando por la cabeza de Duro, pensamos que está lógicamente afectado por cómo ha sido ridiculizado o, más bien, por cómo ha sido utilizado; pese a que aguante estoicamente el vídeo, con alguna pequeña sonrisa de vez en cuando. Lo que no sabíamos es que su respuesta a ese momento iba a ser la de acercarse progresivamente a ese personaje del remontaje, produciendo cada vez con más frecuencia escenas marcadas por la enajenación. Hasta el punto de, esa madrugada del martes 14 al miércoles 15 de febrero, querer ser una mesa de mezclas animada, que no dista del rap en el que se vio convertido.
Y, como era de esperar, ese fragmento, en el que grita mecánica
y frenéticamente ‘al carrer’ y ‘oh là là’ (entre otras cosas), adquirió cierta
repercusión mediática, especialmente en las redes sociales, y obtuvo sus
respectivas parodias y alusiones en otros programas televisivos. Lo que
permitió que se mantuviera vivo a lo largo de varias semanas, como un fenómeno
viral más.
No obstante, la narración podría haber acabado ahí,
diluyéndose por haber sido citada hasta la extenuación, como sucedió con
François Gallardo. Pero Duro no es François, no es (en el programa, se
entiende) un personaje acabado, sino que está en construcción. Y, por ello,
aunque acumule situaciones en las que sale fuera de sí, que fue su primer rasgo
distintivo, estas no surgen de la nada, sino como reacción a algo. Hay
determinados acontecimientos fuera de El
Chiringuito de Jugones que pueden provocar que su personaje emerja, que
asistamos a un nuevo paso en su historia.
Con François sabíamos que cada jueves (que era el día que le
tenían reservado) íbamos a poder verle realizar su show, como si nada hubiera
pasado entre medias. Con Duro, por el contrario, podemos intuir cómo va a
reaccionar un día concreto (su asistencia en el programa es más habitual, pese a
no estar determinada), lo que no podemos es asegurarlo. La expectación que se
genera es muy distinta, incluso sabiendo que algo va a pasar (porque ha perdido
o ganado tal o cual equipo o porque ha habido alguna decisión arbitral polémica),
nunca podremos adivinar cómo se desarrollaran los hechos, ¿qué hará Duro esta
vez? El tiempo ha pasado y la situación ha cambiado irremediablemente, sin que
ninguno de los personajes del programa interviniera de forma directa. Entre
programas, fuera de él, suceden cosas; era necesario que la narración supiera
integrarse en ellas y que dejara de encerrarse en su mundo.
El miércoles 8 de marzo de 2017, sobre las 22:40, en la
ciudad de Barcelona, se registró un temblor. Éste había sido provocado por el
salto simultáneo de las casi 100.000 personas que se encontraban en ese momento
en el Camp Nou, el Barça acababa de marcar, en el último minuto de partido
(contando los 5 de añadido), el gol que les permitiría pasar a cuartos de final
de la Champions League. Habían ganado
6-1, remontando así el 4-0 del partido de ida.
Y, pasada la euforia inicial, pronto los aficionados culés (y
los seguidores de El Chiringuito de
jugones) empezaron a acordarse de Alfredo Duro y de su ‘al carrer’, de su
venganza pasada por agua; porque todo lo que pueda ser utilizado como arma
arrojadiza contra el equipo rival corre como la pólvora entre los aficionados
al fútbol. Y, en este caso, se sabía, además, que iba a haber una respuesta.
Esa madrugada, Pedrerol no convocaría a Duro. Una decisión
lógica por dos motivos: primero, podría haber sido eclipsado por el partido (o
al revés, la cuestión era no gastar en un solo programa dos tramas
autosuficientes); segundo, así habría tiempo para preparar una contestación a
la altura de las circunstancias.
La madrugada del jueves 9 al viernes 10 de marzo, sí estará.
Al ir a llamarlo, Pedrerol introduce a Duro de la siguiente manera:
— Alfredo Duro hizo famosa esa frase de ‘al carrer’ después
de que el Barça encajara cuatro goles en la ida.
Inconscientemente, con esa oración, borra al verdadero
referente, al locutor de RAC1 a quien Duro arrebató la expresión a modo de
revancha. Lo cual, por otro lado, explica de forma muy simple la relación que
se establece con el exterior en el programa, únicamente aparece cuando es
interpretado o reinterpretado. El fútbol pasa a un segundo término; es pretexto
(marca las direcciones que tomará la narración ese día, marca los estados de
ánimo) y contexto (es un tejido referencial al que se alude, los nombres que
surgen, las dinámicas, los tecnicismos, etc., para seguir sin dificultad la
trama es necesario estar familiarizado y, hasta cierto punto, al día con el
lenguaje). Lo que no hace es producir historias, éstas proceden de los
personajes y de su distorsionado acercamiento a la actualidad deportiva. Cuanto
más se distancian del fútbol, más se acercan a elaborar un programa televisivo,
que ha dejado de ajustarse a la etiqueta de no-ficción.
De no ser así, la entrada ese día de Duro sería
incomprensible. A diferencia del resto de ocasiones, no entró a la par que sus
compañeros (Laura Gadea, Paco García Caridad, Quim Domènech, Rafa Almansa,
Óscar Pereiro y Manu Sainz, un plantel que, a excepción de Quim y Pedrerol –encargados
de la provocación–, no restaría protagonismo a Duro), sino que se esperaría a
hacerlo solo, se reservaría ese privilegio. Él era la noticia, la trama y el
actor principal de su propia historia.
En esos pasillos entre platós, empezamos viendo sus pies. Se
trata de una manera de retrasar un poco más la aparición de Duro, de acrecentar
el suspense; y, también, de una declaración de intenciones, vamos a ir de abajo
a arriba, de la persona al personaje, lentamente.
Mientras se dirige a plató, acompañado por una cámara que ha
subido hasta el cuello, va realizando pequeños gestos chulescos, se rasca la
barba y enseña su camiseta donde se puede leer claramente ‘París’. Se mira la
mano, que luego será fundamental en su espectáculo. Todo ello con una música
acorde al momento y que se prolongará durante el resto de su intervención.
Al entrar en el plató, con los focos, saluda chocándole el
puño a Laura Gadea y se dirige a su asiento.
— Las ganas que tiene la gente de verte… — dice Pedrerol —
Alfredo, buenas noches, ¿cómo estás?
Ya sentado suelta un indiferente ‘¿qué tal?’ y la cámara se
eleva descubriendo su rostro. En la pantalla aparece un rótulo que porta la
frase: «Duro da la cara». Y tras 40 segundos en silencio en los que el
realizador, Carlos Pecker, decide sostener su primer plano, el rótulo cambia a
un: «Duro guarda silencio» y encima de ese primer plano se sobreimpresiona otro
de la cara de Duro, que gesticula moviendo la lengua con la intención de
evidenciar su enfado y su impotencia.
Hay dos Duros en imagen, pero están difuminados, aún no están
del todo separados. Todavía no se ha impuesto el personaje. Está siendo
construido ante nuestros ojos, estamos contemplando cómo Duro sale de sí, y lo
hace como pura forma. Es entonces cuando empieza su soliloquio:
— Ovrebo, De Bleeckere, Busacca, Frisk, Stark — todos ellos
arbitraron al Barça en algún partido polémico de Champions League —, dices: se acabó, se ha acabado, seguro, ya…
Joder, se ha acabado… se ha acabado… vuelve a empezar, macho. Aytekin — árbitro
del 6-1 —. ¿Quién coño es Aytekin? No lo sabe nadie quién era el tal Aytekin
este. Otra vez, macho — en este instante la sobreimpresión desaparece, quedando
el primer plano —, otra vez, otra vez… Otra vez.
Otra vez. Otra vez el Barça se ha beneficiado de los favores
arbitrales, lo que da pie a mantener viva la teoría del complot.
Otra vez hay que empezar desde el principio, lo anterior ya no sirve. Otra vez
Duro ha entrado en trance.
«Ha pasado otra vez.», dice Phil (Bradley Cooper) a Tracy (Sasha
Barrese) al inicio de The Hangover Part
II (Todd Phillips, 2011). Ese arranque tenía algo de profético. Y no
simplemente porque tras él se pusieran de moda los revival, sino por la estructura que produce, por lo que
implica. Cuando Phil dice eso, pese a alguna reticencia, comprendemos que vamos
a ver la misma película, vamos a volver a ver The Hangover (Todd Phillips, 2009). Y así es, misma trama, misma
resolución, misma manera de organizarla, mismos títulos de crédito y cameos,
etc.
Obviamente, ambas son distintas. Lo que sucede es que hay una
suspensión de la capacidad sorpresiva del artefacto. No tiene nada que ver con
François, que, aunque siempre repitiera su particular coreografía, se reservaba
un nuevo nombre bajo la manga, ese era su interés: con quién nos saldría esta
vez.
No, eso no es lo que pasa en The Hangover Part II, es su interior el que es alterado (lo que
habría sería pequeñas variaciones en la coreografía), como si lo que se
pretendiera fuera arreglar/mejorar la primera versión. Y ahí es donde se
emparenta con Duro, cada vez que él sale fuera de sí, que se impone su
personaje, la realización trabaja por seguir depurándolo. Esa es la virtud de
mantenerse continuamente por hacer, de no haberse quedado estancado en alguno
de esos tics que un día le funcionaron, que siempre hay algo que pulir.
Y ese es uno de los grandes aciertos de El Chiringuito de Jugones tras la marcha de François Gallardo, el
no haber permitido que ninguno de sus contertulios se acomodara, que ninguno se
viera comido por su personaje. Como en el caso de Mediaset, cuando a través de
redes sociales o en algún descuido durante el programa se nos deja ver a la
persona, somos conscientes de lo artificioso que es lo que las cámaras nos
muestran y, a la vez, esa tensión es la que hace que el personaje esté vivo,
que sea real y se vea afectado por el paso del tiempo y por las circunstancias.
El propio Duro, en su perfil en twitter, se escribió como
biografía: «El bajo de los Sex Pistols
no era yo. Lo siento. Era Sid Vicious, pero ya no está aquí. Un tipo listo».
Y más allá de que refiera a sí mismo como (no) otra persona, lo curioso es esa
filiación que establece con el punk. En su personaje hay la misma
performatividad que los grupos punk hacían estallar en su imagen pública; en
sus gritos, los de ambos, hay algo que se rompe.
El cantante de Sex
Pistols, John Lydon, con su siguiente grupo, Public Image Ltd., escribe y canta: «Anger is an energy.».
Y, antes de aplicárselo directamente a Duro, el verso nos lleva a una frase
pronunciada en Ice (Robert Kramer,
1969), que más tarde daría lugar a un texto de Jean-Baptiste Thoret, y que
ilustra mejor lo que sucede con Duro: «¿Qué vamos a hacer con toda esa
energía?». En su artículo, Thoret acaba reflexionando sobre Two-Lane Blacktop (Monte Hellman, 1971)
y ese último plano en el que prende el celuloide y se desintegra.
La energía no canalizada había terminado por interrumpir la transparencia de la
forma.
Cuando en Duro irrumpe la más profundas de las iras; cuando,
como canta Wire en los versos que
abren este texto, ‘se siente misterioso’, su personaje desborda la imagen. De
ahí las sobreimpresiones.
Tras el último ‘otra vez’, empieza a repetir el nombre del
árbitro: «Aytekin, tekin… tekin…». Y en imagen se hace un fundido a su boca y
justo después, una vez se ha reencuadrado al rostro, el cámara pierde
voluntariamente el foco de su cara y se desplaza hacia el vacío y, en ese
instante, el realizador funde la imagen a otro plano de Duro que lentamente se
va perfilando.
Empezamos a oír un pequeño ruido, unos golpecitos que se suceden.
Y se nos muestra la mano de Duro jugando con el respaldo de una de las sillas.
Es un constante tira y afloja entre la abstracción (el trance
de Duro) y la concreción (la vuelta a lo real, a lo material), como si a la vez
que se nos intentara introducir en la cabeza de Duro, como expulsarnos de ella.
— Él dijo: ‘al carrer’… — dice Duro entre balbuceos un poco
más tarde — ya para siempre, claro.
Habla de sí mismo, en tercera persona. Parece haber recordado
aquello que dijo en estado de enajenación mental, fuera de sí, y de lo que
ahora se arrepiente, que de pronto le hubieran llegado las consecuencias. La
persona Duro reflexiona sobre el personaje Duro, en su mundo, al margen del
resto, ensimismado en su soliloquio.
Al fondo Manu Sainz se ríe junto a Óscar Pereiro.
Y, de repente, la imagen se disloca en una pantalla partida:
el cogote de Duro a la izquierda, su rostro de frente a la derecha. No es la
primera vez que ocupa más de una posición en una pantalla partida, en la
madrugada del 4 de enero al 5 de enero de 2017, llegamos a ver hasta 3 Duros en
imagen. La diferencia en esta ocasión es que se han omitido los
bordes, siendo la separación entre imágenes una franja difusa, lo que provoca
la apariencia de que realmente Duro está hablando consigo mismo.
Aunque parezca una ‘boutade’ (como también podría serlo la imagen de Pedrerol entre cámaras), no es hasta que se perfecciona el uso de la doble o triple pantalla que el realizador comienza a ser determinante. Y con ello nos referimos a que empieza a ejercer como tal, a dejar su sello participando en la construcción de personajes y de formas televisivas. Es por eso que la primera etapa (Punto Pelota, sobre todo) de Pedrerol está marcada por personajes más repetitivos y austeros formalmente: François Gallardo y Jorge D’Alessandro, que con el refinamiento del programa van perdiendo fuelle. Con la excepción de Pipi Estrada, cuyo caótico personaje trascendía los límites del programa. Esto es debido a que por una ausencia de medios o a un mal reparto de las funciones de cada uno, era Pedrerol quien asumía la responsabilidad de dirigir la puesta en escena, quien decía cómo debía ser el plano y quién debía estar en él. No era raro que fuera pillado ordenando las posiciones de los contertulios o los siguientes movimientos de cámara. Esto se puede observar claramente una noche que, por dificultades técnicas, sólo tienen una cámara a su disposición; entonces, Pedrerol tomó el mando y pudimos ver cómo controlaba todos los aspectos de la realización.
Recientemente, en Sábado
Deluxe (Telecinco), después de ser acusado de maltrato y de un escándalo
vuelto viral, a la semana siguiente de ser entrevistado en el mismo programa,
Ángel Garó decide entrevistarse a sí mismo4. A diferencia de Duro,
el dialogo que mantiene Garó con Garó no es emitido en directo, sino que sufre
un proceso montaje. Lo interesante es que él también está presente cuando se
emite su autoentrevista. Garó viendo a Garó hablar con Garó. Y aquí sí, como
cuando Duro vio el rap de Duro.
Garó, en ese momento, está separado de su ficción; Duro se ha
convertido en esa ficción, por eso se descompone en directo, porque es la
esencia de su personaje y no algo que decide hacer. Es inseparable de esa
multiplicidad de imágenes.
La pantalla partida ha ido variando, el plano del cogote ha
sido reencuadrado para así enfrentar dos perfiles. Y, de pronto, el lado
derecho pierde el foco y desaparece, volviendo a ese primer plano individual de
Duro, que sigue con su verborrea. El realizador lo irá alternando con planos de
sus manos entrelazadas.
A los ya 6 minutos de intervención, aprovechando una pausa
con suspiro de Duro, Pedrerol rompe el encanto con un sencillo:
— Alfredo
(pausa)
— Bueno — contesta Duro.
— ¿Cómo estás?
(pantalla partida: Duro a la izquierda, Pedrerol a la
derecha)
Duro dirime responsabilidades y recupera la pantalla partida
exclusivamente para sí, mientras asegura que no es él quien más dolido se
siente, que hay personas de su círculo cercano, menos vinculadas con el mundo
del fútbol, que se sienten profundamente estafadas por lo sucedido, que no
pueden llegar a creerse la corrupción, que no entienden quién forma el complot
que ha posibilitado lo que sucedió en Barcelona.
Pedrerol sigue interrogándole y vuelve a imagen. En un
instante mira a cámara y acto seguido dice:
— Alfredo, te equivocaste.
— No, ¿en qué?
Tiene razón. Da igual que el Barça no se fuera ‘al carrer’,
no es a Duro a quién le correspondía que quedaran eliminados. No, Duro no se
equivocó, hizo su trabajo a la perfección. Hizo que su narrativa siguiera en
movimiento. Y esa madrugada del jueves 9 al viernes 10 de marzo siguió
impecable con su cometido. Después de esto, se embarcaría en una aventura
bautizada como ‘Duro camino a Cardiff’, pero esa es ya otra historia.
No, Josep, no. Duro no se equivocó. Estuviste en lo cierto
cuando le dijiste, la madrugada del lunes 29 de febrero al martes 1 de marzo de
2016, después de que cogiera una batuta y dirigiera una orquesta imaginaria:
«Has entendido el programa, al final lo has entendido».
1 El por entonces Secretario General del PSOE, recién elegido por primera vez, llamó para demostrar al presentador (muy crítico con el ‘festejo’ del Toro de la Vega) su compromiso con los derechos de los animales: http://www.telecinco.es/salvame/2014/septiembre/17-09-2014/Jorge-Javier-Vazquez-Pedro-Sanchez_0_1861650448.html
2 Esta es la noticia, según palabras de Germán González en El Mundo, a 19 de mayo de 2017: http://www.elmundo.es/cataluna/2017/05/19/591f0c1ce2704e0e398b460a.html
3 Obviamente, el percance fue comentado en El Chiringuito de Jugones y el audio fue pronto incorporado al archivo de efectos sonoros: https://www.youtube.com/watch?v=AA2javj5SJM
4 Sábado Deluxe (Telecinco), 17 de junio
de 2017: http://www.telecinco.es/salvamedeluxe/Angel-Garo-derrumba-entrevista-Dario_2_2388780111.html

